mamas sos 4

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mamas sos 4

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Si apenas enterados de la noticia de ser papás, alguien nos decía que lo mejor que podíamos brindarle a nuestro bebé era un parto en casa, en un ambiente íntimo, cálido, cuidado y familiar, lo hubiéramos mirado extrañados y juzgado de locura atemporal y anacrónica.

“Eso ya no se hace, la ciencia avanzó en los últimos años. No es necesario correr algunos riesgos que ocurrían en el pasado, cuando las mujeres parían en sus casas con la partera”. Podrían haber sido prácticamente los argumentos que hubiera esgrimido mi razón. Sin embargo, cuando salimos de esa primera entrevista que tuvimos con Alejandra, la obstetra que finalmente elegimos para que nos asistiera en esta experiencia de ir convirtiéndonos en padres, su fuerte convicción nos llevó a preguntar:

Les voy a compartir nuestro relato de parto natural, en casa, surgido de un pre-sentimiento. Aquel que nos llevó a cuestionar si acaso era esa la mejor opción para traer a nuestro hijo al mundo, hasta llegar a la fuerte convicción de que realmente sí lo era. Pero, siéntense tranquilas/os y dispónganse a leer, porque no fue un camino corto. Aunque sí uno lleno de vida, dudas, temores, buscar, preguntas, testimonios y, sobre todo, de dejar guiarnos por nuestro sentir.

El Obstetra equivocado
En un primer momento, la forma en que elegimos al obstetra fue a lo “tradicional”. Le consulté a un par de amigas, primas y conocidas, por recomendaciones de sus obstetras. Y así, en base a algunas opciones, elegí entre aquellos que contaban con la cobertura de mi prepaga. No es menor, que éste requisito, que antes veía como “indispensable” luego lo convirtiéramos en uno totalmente prescindible.
¿Qué sucedió con el acompañamiento del Obstetra 310? Era nuestra primera experiencia como padres. Asi que fuimos a la primera consulta con el entusiasmo de quien va a ver alguien que sabe mucho, que va a darnos mucha información, porque de esto sí que no teníamos idea de nada. Sin embargo, nos encontramos con la posición de “bueno, ¿qué preguntas tienen?”. Recuerdo que hacía mucho esfuerzo para pensar, entre reunión y reunión, sobre cuáles eran las preguntas acertadas que me darían las respuestas que estaba necesitando para andar este camino con más información, tranquilidad, confianza y seguridad. Sin embargo, sentía que era él quien debía darme el conocimiento para yo poder tomarlo, madurarlo, investigarlo internamente y cuestionarme. ¿No era él quien había transitado esta experiencia más de unos cientos de veces?
Cuáles eran las preguntas que debía hacerme, recuerdo que era algo que me inquietaba internamente. Y entonces, de a poco, atenta a los artículos y notas que leía, a lo que escuchaba que otras mujeres compartían entre sí, los consejos de quienes se me acercaban, empezaron a aparecer. “Las aborígenes paren en cuclillas”, me dijo una amiga, a su vez, médica homeópata. Y ahí de repente vi la lógica: poner la gravedad a favor de esa fuerza pujante, que debía ir hacia abajo, para traer su hijo a la tierra. Entonces, a la reunión siguiente, ya tendría algunas preguntitas nuevas para hacerle a aquel obstetra. “¿Puedo parir en cuclillas? ¿Y si quiero caminar durante el trabajo de parto, puedo hacerlo? ¿Quizás necesite una bañadera, para calmar un poco los dolores de las contracciones?” Me dio la sensación de que hice las preguntas incorrectas, porque seguidamente a mis interrogantes, extendió una tarjeta con la siguiente inscripción “P.S.I. Hospital Austral”. “Consultálas a ellas, te van a saber guiar en lo que querés”, me dijo como sacando un as de su manga y también un peso de encima. “¿Qué es PSI?”, le pregunté. “Parto sin Intervención”, me respondería. La primera pista que se nos daría para ir desandando la experiencia del parto hacia lo natural.
Parto Sin Intervención, Parto humanizado o Parto Respetado

Descubrí luego que “PSI” es también lo que actualmente se conoce como “Parto humanizado” o “Parto respetado”. Y así, por referencia de un conocido de mi hermano, llegué al equipo de “Nacer en Familia”.

La primera entrevista con su obstetra, como comentaba al principio, fue tan contundente que me perturbó. Yo venía con mi concepto espiritual del parto, construido sobre bellísimas ideas, mis preguntitas disruptivas sobre parir en cuclillas, la bañadera y el poder caminar durante el trabajo de parto.
“El parto es tierra, es sangre, hay olor, es animal. Es naturaleza pura, es instintivo. Es atávico”, me dijo con algo de condescendencia en su mirada.
“Pero, pero…¿y en qué queda la experiencia trascendental de traer a un espíritu a vivir su experiencia física en el mundo?” Durante 1 hora y media no nos quedó otra que escucharla atentamente: Alejandra nos estaba hablando desde la verdad. Y no sólo de su experiencia acompañando de una forma respetuosa el proceso natural de alumbramiento sino también desde su propia experiencia como madre. “Hace más de 10 años que asisto partos domiciliarios”, convencida de que el hogar es el mejor entorno para dar a luz y el que más libertad le da para trabajar como ellos lo hacen. Acompañando, respetando, asegurando que todo se desenvuelva con salud y esperando el pie para intervenir cuando los necesiten.

Ese día nos fuimos sintiendo que aquella mujer nos develaría varios mitos, pero que era el camino necesario que teníamos que (des)andar para parir con libertad. Y eso no sólo nos dio temor sino que a su vez sentimos que la experiencia todavía nos quedaba un poco grande.

Al sábado siguiente, ya en nuestro quinto mes, tocó que asistiéramos a las reuniones quincenales y matinales de padres. Ésta vez era en la casa de Gabriela y Pablo. Habían tenido en casa a su segundo hijo, Amaro, hacía tan sólo unos días. Su testimonio fue conmovedor por lo real, por lo valiente de ambos y por permitirnos vivenciar de forma anticipada lo grandioso de aquel momento después del parto, en que se quedaron en soledad, los tres, disfrutando de su encuentro. Sin procedimientos, intromisiones innecesarias, y plenos de felicidad; todo en la intimidad de su hogar. Sin embargo, ya en este primer encuentro, vislumbraríamos también los “riesgos” de la experiencia. Tras el nacimiento de su segundo hijo, Gabriela comenzó a perder mucha sangre. Éste es uno de los riesgos previstos en el parto en casa, como también lo es en el hospital. Sus bolsos estaban preparados para partir de urgencia a la clínica más cercana. Fue un instante que parecía el más largo de sus vidas. Alejandra le preguntó si quería esperar unos minutos para ver si la hemorragia cesaba, había un margen que era seguro. Ya después, deberían partir a una institución. Gabriela decidió que se quedarían. Al cabo de unos minutos la hemorragia paró.

Con esta introducción comenzamos a valorar cada vez más las reuniones de padres, que iban dando un viso de realidad al parto, escenificando las posibles situaciones que podrían ocurrir. Hoy entiendo por qué nos insistían en asistir, en ir a escuchar los testimonios ajenos, las dudas y temores de padres primerizos que ya habían cruzado el umbral de la experiencia. Esas instancias comenzaron a ser para nosotros como un cable a tierra: contemplábamos lo que podía ocurrir, observábamos que las situaciones se podían manejar con la guía y acompañamiento del que sabe, y algo no menor: que el tiempo no siempre apremia, como sucede en el ideario detrás de las películas de Hollywood.

Pronto, éste y otros relatos vivos, aportarían un gran valor para nuestra propia experiencia: el de estimularnos en confiar en nosotros mismos, invitarnos a desterrar mitos, creencias y prejuicios abrazados sin mucha conciencia, o desde el temor.

Si algo tuviera que recomendarle a una madre que esté en la búsqueda de un parto lo más natural posible, es que busque y que se informe. Y que, desde ese lugar, se conecte con lo que le pasa, con su sentir. Porque es ella quien van a parir, a poner y disponer su cuerpo al servicio de ese bebé. Entonces nadie más puede definir y decidir sobre cómo parirlo. ¿Qué quiero? ¿Cómo lo quiero transitar? En mí fue claro: desde el Saber. Estar dispuesta a saber más de mí misma: para armar mi anhelo también debía conocer cuáles son mis miedos. Y ésta experiencia me llevaría en busca de los más profundos. ¿Y si no sé ‘pujar’? ¿Y si me pasa algo durante el trabajo de parto? ¿Y si no me doy cuenta de las contracciones, no siento el dolor, por ende no logro avisar a que la partera llegue a tiempo? ¿Y si tiene vuelta de cordón, y hay que llevarlo inmediatamente a quirófano? ¿Y si le bajan las pulsaciones al bebé al momento del pujar? ¿Y si el bebé hace caca en la panza y el bebé lo aspira? Esos fueron algunos temores que empezaron a inquietarme. Desconozco su origen, seguro algo escuché. El tema es que estaban ahí, en mí. Y vi que era por no saber o –lo que es lo mismo- por la creencia equivocada de lo que podría suceder. Y es el mismo temor quien elucubra las imágenes más apocalípticas, aquellas que con su gran poder me maniataban internamente. Y que llegan a asfixiar tanto, pero tanto nuestro querer, al punto que de repente desconfiamos hasta de nosotras mismas. Nos olvidamos de nuestro querer y entregamos instintivamente nuestro poder en otro, poder que reside nada más que en mí, en mi biología, en mi instinto.
Me atrevo a decirles que todas esas inquietudes se nos fueron contestando; todas. Incluso esos temores: se escenificaron en la experiencia de otros padres, que habían dado a luz en su casa. Así que, ya sea en forma del testimonio de una pareja, revestido en respuesta -de lógica incontrastable- de la obstetra, en forma de artículo o de nota de investigación. Se nos mostraron todas las variables, en sus más variadas formas. Gracias a ello, pudimos ir trabajando en dejar atrás miedos, develar mitos, correr prejuicios y plantarnos en la realidad (que no es poco). Fue el conocimiento lo que nos permitió ir haciendo ese proceso de acercarnos a lo natural y atribuirme ese conocimiento ancestral que traigo como mujer, impreso en mi propia naturaleza.

Fue entonces que ocurrió un “hito” en mi embarazo: era yo quien decidía si pararme del lado de la confianza en mí misma, en mi propia fisiología de mujer, en la inteligencia y sabiduría de mi cuerpo. O, desde el lado del temor, de la falta de confianza en mi misma, entregando mis decisiones a alguien ajeno a mí, negando la perfección y la inteligencia divina de mi cuerpo.

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