mamas sos 5

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mamas sos 5

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Y ahí estábamos, cada vez más alegres y menos temerosos. La alegría nos inundaba a medida que descubríamos que nos acercábamos más a la realidad, a lo natural. Y eso nos impulsaba a querer compartirlo con algunos amigos, con nuestros seres queridos. Varios nos dirían que estábamos locos, porque no era seguro y las mil y una razones para tenerlo en un hospital. Así que, aunque nosotros veníamos descubriendo varias razones para tenerlo en nuestro hogar, debíamos estar preparados.

Y ahí se me vino la imagen del Bunker. Nadie más que alguien que ha pasado por la experiencia sabe lo que demanda desafiar ‘lo establecido’; quizás ésta fue la lucha más grande.

Así que optamos por ser discretos con nuestra decisión, salvaguardando nuestro proceso en esta especie de Bunker íntimo.

Ya en los últimos dos meses el tema del parto comenzaría a hacerse presente en el ambiente de cualquier reunión a la que mi panza asistiera. Esta última etapa me enfrentaría con el fantasma más grande de todas las mujeres: el dolor. “¿No vas a pedir anestesia?” “Estás loca.” “¿Para qué sufrir, si está la posibilidad de evitar el dolor?”. Y, ya esperando que apareciera en mi mente aquel Monstruo-inflador-de-situaciones-hasta-el-extremo, me detuve ante mí misma: ¿por qué el dolor es parte del proceso de dar a Luz? Si está contemplado dentro del proceso natural (de la Naturaleza), ¿no tendrá acaso su finalidad? ¿Por qué voy a resistirlo? ¿Quién me anticipa que no lo toleraré y lleva a prevenirme de “no sufrir”?
Así es que desde ese momento comencé a asimilar su presencia como algo natural. Si ahí estaba sería para “algo”. Entonces me fui armando de algunos fragmentos. “Del dolor nace la vida”, leí en una de esas noches de insomnio previas al parto. Cuántas veces necesitamos del sufrimiento o el dolor como puntapié inicial para llegar a comprender algo de nuestro propio proceso evolutivo: soltar algo de nosotros que nos hace mal, que no estamos viendo, que nos resistimos a dejar, para dar espacio a una nueva forma más real de vivir y ver la vida, de vernos a nosotros mismos. ¿Acaso no estábamos dejando de ser esa mujer que éramos, para convertirnos en una nueva mujer, en una Madre? ¿Por qué, entonces, resistirme? Y así algo en mí se fue destrabando. Y, casi instantáneamente llegó a mi, a través de una amiga muy querida, una página de experiencias de embarazo, parto y post parto. Y allí me zambullía por las noches, como en una especie de manantial de respuestas, sintiendo que esas mujeres me estaban hablando a mí. Ya habían cruzado el umbral, habían atravesado su experiencia de una forma consciente, conectadas a las verdaderas necesidades de su bebé. Esas mujeres me estaban dando el elemento más valioso que alguien puede darte: el elemento de quien ha pasado por la experiencia.

Yo estaba atrincherada en las comodidades de mi Búnker, tomando todo lo que podía llevarme hacia adentro. Entre ellos, el testimonio de una madre que al comenzar a sentir el dolor de las contracciones de trabajo de parto, se armó de la idea de que el bebé estaría empujando para bajar y salir. Por tanto el dolor significó el esfuerzo que él y su cabecita estaban haciendo por bajar. Y en eso residió el gran estímulo para empujar y trabajar en equipo. ¡Los dos, dando lucha por salir a la vida, por conocerse! Esta imagen caló tan profundo dentro de mí, que al día de hoy la llevo conmigo. Fue una gran fuerza en los momentos de mayor cansancio, el estímulo para siempre dar un poco más.
Y, en esto del dolor, la experiencia sería otro gran Maestro, seguro el más aleccionador. Me haría ver el por qué la intensidad del dolor va “in crescendo”: de lo poco, tolerable, hasta lo más intenso, también tolerable. Con su gradualidad, el dolor me daba el tiempo para tomar dimensión y soportar lo que sería el mayor dolor: ese que me invitaba a realizar una fuerza que nunca imaginé residía dentro de mí.

Hoy logro ver cómo mi propio cuerpo me fue preparando para los momentos de mayor intensidad, indicadores –a su vez- de la fuerza correspondiente que debemos hacer.

¿Sucedería el mismo proceso, si me inyectaran oxitocina sintética (por goteo)? ¿Podría percibir de la misma forma, este proceso preparatorio natural por el que me hace atravesar mi cuerpo? ¿Qué pasaría si tuviera anestesia?

Franco ya se había pasado de su (aproximada) fecha de parto. Para nuestra tranquilidad, mi obstetra nos dijo que lo esperaríamos. Fue invaluable saber que todos respetaríamos los tiempos de mi bebé; ahí comenzaría el respeto hacia ese ser humano, pronto a ser parte de este mundo. Así pasaron las noches siguientes, yéndome a dormir pensando… “¿y si nace hoy?”. Entre la ansiedad y la emoción, creé dos falsas alarmas. Una: sentía mucho dolor, no eran contracciones regulares ni los tiempos entre ellas se iban acortando como debe suceder…pero les aseguro que yo sentía mucho dolor. Dos: seguía con mucho dolor, para mí eran contracciones de parto o algo era. Así que decidí ir a verla a nuestra baqueana. Al parecer mi útero estaba demasiado duro, “tenso”, fue su diagnóstico tras pedirle que me hiciera un tacto (y sabiendo por ella lo que implica realizarle esta ‘maniobra’ a una embarazada a punto de parir).
– “El útero es tuyo, mi amor, no es de tu bebé”, agregó, como sugiriéndome algo.
“ARRRRRGGGHHHH!”, pensé –casi grité- internamente. “¿Me está diciendo que yo estoy tensa? Ya no sé cómo relajarme: ‘soltar’. Yo quiero que venga. Si le dije que lo estamos esperando. No sé entonces qué más hacer”, me repetía a mí misma en una especie de diálogo interno. Y esa fue la línea que dio pie a la siguiente escena: “La partera y su momento despedida de la panza”.
“¿Te despediste de la panza? Porque no le haces un dibujo, le escribís algo..desde el sentir. Corriendo la mente. Algo simbólico para decirle que mamá ya lo espera acá. Y te despedís, pero cortás.”, eran sus consejos tras el teléfono.

La escuché, muy atentamente. Lo primero que me surgió fue: ¿cómo le voy a cortar? Y tratando de tomar sus palabras, de repente, algo me hizo saltar de la cama.

Fui a la cocina y le dije a mi pareja: “nos vamos a despedir de la panza”.

Agarré unas pinturas, le pinté su mano y a la de los otros dos integrantes de la familia (mis gatos Tutuca y Burriki). Pusieron sus manos en mi panza, seguido de unas palabras de despedida. Mi turno. Dije lo que sentía y un “chau, te esperamos acá pequeño”. Sin sentir que era mala madre, ni que lo ignoraría, pero sí dándole una clara señal que muy pronto le hablaría desde este lado de la vida.
Contexto: Me había despedido de la panza hacía dos horas cuando repentinamente me despertaron las primeras contracciones. “¿Está segura? ¿Cada cuánto son las contracciones?”, preguntó la partera detrás del teléfono. “Cada 5 minutos”, le dijo Javier. Enseguida, estábamos en casa: ella, Javi y yo. Él se había encargado de que la casa estuviera en orden, los cuartos preparados, y los ambientes cálidos. Ahí, ‘firme como rulo de estatua’, mientras yo me iba adentrando en ese otro mundo: caminando de un lado para el otro de la casa, balanceando las caderas, de un lado al otro. Agarrándome de la mesa.
– “¿Hace cuánto estás así? ¿Por qué no descansas un poco? Todavía tenés mitad de dilatación. Lo mejor es que guardes tus energías, para no llegar cansada al momento del pujo. ¿Por qué no te acostas?” Todo dicho en su tono dulce y amoroso. “Vos estás loca si pensás que yo puedo si quiera recostarme con este dolor”, le dijeron mis ojos sin tener que pronunciar siquiera lo que estaba pensando. Sin embargo, sentí que confiar en su palabra era la alternativa correcta.
-“Vas bien”, le retrucó a mi mirada. Eran las palabras necesarias, de certeza y paz conmigo misma. Llevándome siempre a confiar en mi cuerpo, lo único que necesitaba para seguir conectada con lo que me sucedía. Y así, a regañadientes, me recosté.
– “Inhala y exhalá. Y cuando el dolor venga, dejálo pasar. Dejá que te atraviese, no lo alojes ni retengas en tu cuerpo”, susurró a mi oído.
Una parte de mí se quería reír sarcásticamente de su ideal yogui-budista. Pero confiaba en ella, así que empecé, de vez en vez: inhalar y exhalar conscientemente. Me percaté que dolía más cuando mi cuerpo retenía el dolor, generando mayor tensión. Así que cuando sentía que alguna parte de mí se tensaba, en la próxima exhalación buscaría relajarla. Prueba y error. Una vez a la vez. Hasta que sentí gradualmente cómo mi cuerpo empezaba a dejarse atravesar y a abrazar el dolor. ¡Cuatro horas después despertaría (o saldría de ese estado, un estado hasta entonces ignorado por mí)! Ahora sí: “dilatación completa”, dijo la obstetra recién llegada a la escena. ¿Habría sido el trabajo interno que hice para asimilar al dolor, lo que me permitió convivir con él al punto de relajarme tanto? No lo sé…pero una parte de mí siente que hizo todo lo posible para sentar esas bases.

Cuando desperté las contracciones eran más intensas de dónde las había dejado. Distinguí claramente que ésta era una nueva etapa. “Ya es hora de que nazca”, me confirmó Alejandra.

Probé las mil y una formas. En el banquito, en el inodoro, en la ducha. Todo sirvió, pero no encontraba mi forma de parir. Hasta que finalmente decidí recostarme en la cama, ya dispuesta a dar los últimos pujos que sentí culminarían en el nacimiento de Franco. Estábamos a oscuras, mientras Javi apuntaba con una luz tenue como para tener un poco más de visibilidad. Por un breve momento creí que no podría hacer más fuerza de la que estaba haciendo pero me había prevenido a mí misma de que cuando sucediera pensaría que siempre podría esforzarme un poco más.
Recuerdo que todos me alentaban y me decían que lo estaba haciendo muy bien. Faltaba un pujo más prolongado para que terminara de salir. “Está ahí. ¿Querés tocar su cabecita?” Fue el estímulo final. Y así, en lo que sería el esfuerzo final, la obstetra lo miraría a mi marido: “¿lo querés recibir?” Y así llegaría al mundo, en manos de su papá. Aunque, sólo hasta que lograra reincorporarme y, al son de “dámelo”, se lo arrebatara de las manos.
Fue la señal para que Mario, el neonatólogo, entrara al cuarto. Lo miraría, auscultaría sus pulmones con su mano para revisar su respiración y darle su visto bueno. Sabíamos que éste era un momento sagrado, constitutivo y determinante para él, el momento “piel con piel”. Recuerdo la paz que sentí porque de esta forma se iniciaría nuestro vínculo. Más tarde le darían lo único indispensable para este momento: la vitamina K, en forma de gotitas, y lo pesaría, con su balanza de mano y envuelto en la misma toalla que lo cubría para conservar el calor de su cuerpo. Fueron sólo esos segundos lejos de mí, para volver a estar sobre mi pecho y probar prenderse a la teta.
Ya nos habían informado de los beneficios que reportaba que se le transfiriera toda la sangre del cordón, pasando la mayor cantidad de sangre y de células madre para evitarle un cuadro de anemia. Así es que mientras esperábamos que el cordón diera sus últimos latidos, ellos se fueron a preparar su propio desayuno en nuestra cocina.

Y, de pronto, nos encontramos los tres en la intimidad de nuestra cama, todavía extasiados de amor y felicidad: habíamos sido protagonistas del parto de nuestro hijo Franco.

Inmediatamente recordé la imagen que me había conmovido en aquella primera reunión de padres, pero que ahora era nuestra: los tres, en paz y en la intimidad de nuestro hogar.

No siento más que agradecimiento por los profesionales que nos guiaron en esta experiencia, apoyaron constantemente y recordaron tenazmente la necesidad de confiar en mí como mujer, para decidir parir en y con libertad. Y, a mí, claro. Porque, aunque algunos me tilden de arriesgada, yo me siento una mujer valiente y con mayor confianza en mí. Y, cómo olvidar, a mi pareja. Otro invaluable bastión, sin él nada de esto podría haber sido posible.

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